domingo, 26 de febrero de 2012

ESPEJO ROTO

 

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Una última exhalación de aire aplanó el vientre de la joven Salma Moltreaire. Su cuerpo descansaba sobre un suave oleaje de sábanas y brisas frescas visitantes desde el otro lado de la ventana abierta. En el suelo, trozos de cristal de un vaso desprendido de sus manos antes de caer en aquel arrebatador sueño. El reloj marcaba la madrugada. Casi había amanecido. Sus párpados se abrieron gradualmente, acostumbrando sus ojos y su conciencia a la oscuridad de su dormitorio. Deslizó su mano por el espacio vacío de la cama extrañada.

-<< ¿Dónde estará Julián?>>- se preguntaba -<< ¿Dónde estará mi marido?>>

Se levanto vacilante, lacia, ofuscada por un sueño agitado y poco reparador. Cerró la ventana al sentir frío y se dirigió en mitad de la oscuridad nocturna al cuarto de baño.

Como de costumbre, buscó su enjuague bucal para deshacerse del mal sabor que deja la boca seca.

-<< Maldita sea... Olvidé comprar el enjuague>>

Se sentó sobre la tapa del inodoro y empezó a liberarse de los trozos de cristal clavados sobre la planta de sus babuchas. Un repentino golpe de aire frío llamó la atención de la joven. Alzó la vista hacia el espejo del lavabo y creyó ver una sobra cruzar pasillo abajo.

-¿Julián?- alzó su voz en el silencio de la estancia -¿Eres tú, cariño?

Salió entonces al pasillo. La ventana del dormitorio seguía abierta y en la cocina, sobre la encimera, aún estaba el plato de sopa, frío, naturalmente.

-<<Julián aún no ha venido>>- decía -<<La sopa se la he enfriado. Se la volveré a calentar. A él le gusta encontrarse el plato caliente.>>

Dejando atrás el murmullo del microondas, volvió de nuevo al frío y oscuro pasillo. Un extraño zumbido la condujo a su dormitorio. La ventana seguía abierta... aunque ella la cerró en cuanto se levantó de la cama.

-<Creí haberla cerrado antes.>>- pensaba -<<Julián tenía razón. Si sigo así se me va a olvidar la cabeza en cualquier sitio y no me voy a dar cuenta.>>

fue a apartar del plato de sopa al escuchar el timbre del microondas. De nuevo ese extraño golpe de frío al pisar el pasillo y la ventana abierta en el dormitorio. La atoró con fuerza y corrió las cortinas. Volvió al cuarto de baño y se refrescó la cara. Sobre su cabeza resonó aquel extraño zumbido de aire frío. Miró al espejo y creyó ver una sombra en el pasillo. Volvió a llamar a su marido ausente y se asomó. La ventana estaba de nuevo abierta. El nerviosismo se acumulaba por momentos en sus temblorosas manos mientras sentía una y otra vez sobre sus oídos aquel zumbido frío. Una onda transformada en aire que se acomodaba poco a poco a su percepción. Siendo en principio un soplo de viento y tomando forma al final de una profunda voz que susurraba su nombre: <<Salma, Salma... >>

Ella se giró para ver reflejada en el espejo una figura humana, oculta entre el marco de la puerta y la penumbra del pasillo, oculta a sus espaldas. No pudo evitar soltar un grito de terror. El rostro de aquel desconocido le era familiar, aunque por alguna razón, su recuerdo quedaba obstruido y no conseguía encajar su cara en ninguna figura conocida.

-¿Qué haces en mi casa?- acertó a preguntar al desconocido.

-Calma, Salma.- le tranquilizaba aquel extraño con su voz profunda, fina y afeminadamente apaciguada –Hace tiempo que llevas llamándome.

-¿Quién eres?

-Dímelo tú.

-¿Qué has venido a buscar?

-Yo nada. Eres tú quien te has encontrado conmigo... Antes de que te olvidaras de mí, fui tu voz, tu razón, tus ojos... Pero me relegaste al olvido al perderte en un vicio al que tú llamaste amor; aunque las dos sabemos que su nombre genuino es Julián.

-¿De qué me estás hablando?

-Dime, Salma. ¿Recuerdas algo de lo que hiciste ayer?

Intentó evocar sus recuerdos, pero a su mente no llegaba otra cosa que la imagen de su marido en uno de esos momentos que ella guarda en el armario del olvido. Momentos que se clavaban en su corazón como fragmentos de un cristal volado con rabia, ira y miedo. Entonces fue cuando pudo reconocer aquel rostro desconocido. Era ella misma, con dieciséis años de edad. Para muchos, era una hermosa niña con cara de muñequita de porcelana. Pero para alguien muy especial era una diosa, un ángel con aire divino avenido del cielo. Ese alguien era un mozo apuesto, alto, de ojos claros, simpático y muy amable con ella. Su nombre, Julián; y se convertiría para ella en el acompañante y protector para su alma inocente. Con frecuencia recibía de él regalos caros casi sin motivos aparentes. Regalos que pronto se convertirían en la moneda de cambio que compraría su amor y sometería su fidelidad para el resto de sus días.

Encogida sobre ella misma, escuchaba a aquel reflejo que solo podía ver a través del espejo, con el alma en vilo y el cuerpo tembloroso.

-Déjame que te ayude a recordar.- proseguía hablando su reflejo –Te mostraré lo que nunca quisiste ver...

-¡No necesito ver nada!- respondió con furia –Yo soy feliz así.

-Si eres feliz, ¿por qué tienes miedo? ¿De mí, tal vez? Si me temes, entonces te temes a ti misma. Pero tranquila, porque yo sé que el fruto de tus miedos está en él. A él es a quien realmente temes. Él compró tu cuerpo, tu juventud y tu amor a cambio de partirte el alma a base de pisotones y gritos. Te ocultaba la realidad detrás de bofetadas de humillación, convirtiéndote no en su esposa, sino en su esclava. Pero debes saber que no hay más miedo en ti que el que hay en su corazón.

-¡No lo dices en serio!- inquiría Salma con voz temblorosa y ojos humedecidos por un sollozo inminente –Él no es malo. No le conoces. No has estado con él. No le has visto llorar día tras día al saber que sus padres se divorciaban. No le has visto suplicarme de rodillas que me quedara con él cada noche para no sentirse solo... Él no tiene la culpa.

-Tienes razón. No es culpable de su pasado. Pero sí es culpable de su presente. Si una víctima de su pretérita vida no es capaz de corregir el error al que teme, se convierte en verdugo de su propio presente. Y él teme... Teme a quedarse solo, teme ser olvidado, teme no tener a nadie con quien compartir sus penas...

-Yo sin él, no sería nada...

-Él sin ti, no es nada...

-Yo soy la única que le comprende... Yo soy su única compañera.

-¿Y sus borracheras a la luz de la luna? ¿Y sus compañías femeninas en el desvelo de un hostal o un prostívulo...?

Ella quedó durante un instante en silencio. Su reflejo prosiguió.

-Si lo digo yo, es que tú lo sabías... Pero nunca quisiste decirlo. Mírate una vez más, Salma, y dime qué ves.

Salma Miró su reflejo en el espejo. Sus ojos color miel estaban eclipsados por moratones oscuros. Sus labios, sensuales y atrayentes en otros tiempos, estaban repletos de contusiones y cortes mal cicatrizados. Aquella no era la Salma de dieciséis años, jovial y vivaz, no la Salma de veintiocho años, madura y responsable, que contrajo matrimonio con el que ella llamaba su hombre perfecto. Ahora contaba tan solo treinta años y sentía cómo su vida se pudría tanto como su alma.

-Él era un buen hombre... ¿Qué le convirtió en un monstruo?- decía mientras rozaba con delicadeza los labios con sus dedos.

-Lo mismo que a ti te sumergió en la desesperación. Me llamaste hace mucho tiempo, pero no me quisiste ver. Ahora no hay vuelta atrás.

-¿Qué quieres decir?

-Sígueme al dormitorio. No dejes de escuchar mi voz.

La ventana continuaba abierta. Había amanecido y la luz de un esplendorosa mañana inundaba toda la estancia. Salma podía ver tumbada en la cama su propio cuerpo, sin ánimo ni calor humano. A los pies de la cama, una botella de lejía y otra de aguarrás. La noche antes, invadida por un arrebato de desesperación y miedo por haber recibido su última paliza al haber cocinado una sopa demasiado fría e insípida, mezcló tal mortal combinación y la bebió, aprovechando la ausencia de su querido marido a cualquier bar cercano. Para ella, no había mucha más diferencia entre el miedo de la amenaza de otra paliza y el miedo a la muerte. Aquella noche, se decidió por el camino más fácil y corto hacia la paz.

Salma se derrumbó a los pies de la cama y se echó a llorar. La voz de su alter-ego olvidado seguía hablándole.

-No te vengas abajo ahora. No es el momento.

-Yo solo quería un poco de paz. Ahora ya está todo perdido.

-Aún no. Mientras haya luz en la ventana, podrás ser libre. Solo necesitas un poco de valor.

Un tintineo de llaves sonaron tras la puerta. Salma se levantó de un sobresalto y volvió entre sollozos al espejo.

-¡Ya está aquí!- exclamaba asustada -¿Qué debo hacer?

-¿Qué crees que debes hacer? Libérate. Deja de mirarte a ti misma con ojos de autocompasión. Deja de mirarte tras un espejo. Deja de temerte y rompe ese miedo. Después corre hacia la luz antes de que la cierren. Nunca encontrarás paz en la oscuridad. Date prisa, porque si él entra, serás su esclava para toda la eternidad...

La cerradura crujió y la puerta empezó a abrirse lentamente. Salma corrió hacia el dormitorio, agarró el reloj y con un grito de ira lo lanzó con todas sus fuerzas contra el espejo, reventándolo en mil pedazos que se esparcieron como campanillas por todo el baño. Después corrió hacia la ventana. Mientras estuviese abierta, podría saltar y liberarse, pero si él entraba y la cerraba, quedaría atrapada para siempre. Se apoyó en los resquicios y dedicó una última mirada a la puerta, ya abierta de par en par. Quería ver por última vez el rostro de su opresor. Había perdido todo su atractivo varonil. Ahora era una conciencia ebria, despeinada y obesa que se abría camino entre las estancias dando tumbos. Todo un monstruo. Él no podía verla, pero ella le dedicó una sonrisa burlesca antes de saltar al vacío.

Después de unos segundos, Salma Moltreaire despertó como de un profundo sueño. No sabía en qué lugar se encontraba, pero ello no le importaba. Miraba sus manos juveniles y aterciopeladas. Su rostro volvió a ser perfecto, tal y como lo fue cuando cumplió dieciséis años. Volvía a sentirse como se sentía desde hace años: guapa. El peso del miedo desapareció entre los fragmentos del espejo, dejándola ligera, casi volátil, como la pluma de un ave que raya el aire y cae apacible en su suave contoneo. A pesar de haber vivido durante dos años en un infierno personal maquillado con la figura de un matrimonio infeliz, y de haber llegado a un final tan brusco como trágico; Salma había ganado lo que su compañero intentó arrebatarle durante tantos años: ser un espíritu libre. En cuanto a Julián, Salma sabe que tendría que enfrentarse ahora a su eterna condena: la angustia de la soledad...

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Aunque la emoción y el sentimiento es lo que nos hace puramente humanos, aún hay personas que consideran que el amor se compra y que la fidelidad se reparte al mejor postor. Este relato está dedicado a tod@ aquell@s que tienen pareja, para que cuando miréis a vuestr@ compañer@, veáis amor y no un trofeo. ¡Ningún ser humano tiene precio!

Un reflejo en el espejo de alguien

Agosto del 2007

El Coronil

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